Felicidades Mamá

23 11 2011

Hoy es el cumpleaños de mi madre.
Su 60 cumpleaños.

Ella no tiene twitter, ni blog ni facebook. Me entiende a duras penas cuando hablo de todo esto pero se esfuerza mucho por seguirme, por comprenderme y seguir el hilo de mi parloteo.
Las dos grandes mujeres de mi vida han sido mi abuela y mi madre. Hoy hace 60 años que mi abuela daba la vida a la que 29 años más tarde me la dio a mi.

1951

Mi abuela cuenta que fue un parto fácil, aunque la tocó discutir con la comadrona. Por aquel entonces (año 51) poca gente paría en los hospitales. Mi abuela tuvo en un hospital a su primer hijo, en el año 1941, en plena posguerra. Tumbada en el suelo en una camilla hecha con dos listones y una tela. Nadie hizo caso de sus gritos hasta que las monjas oyeron al niño llorar. Allí estaban juntas parturientas con tuberculosas, con enfermas mentales y moribundas. No eran tiempos de abundancia, ni de comida ni de camas. Gracias a que mi abuelo tenía la exquisita costumbre de la época de vestir siempre con traje, lo confundieron con un doctor y mi abuela tuvo cama y cuna para su bebe los tres días que estuvo en ese hospital. Pero no quiso repetir la experiencia.
La comadrona que iba a asistir el parto de mi madre tuvo que cruzar Madrid desde Carabanchel hasta Argüelles para reconocer a mi abuela. La encontró sentada en la cama haciendo la digestión de unas estupendas sopas de ajo y unas cabezas de cordero que se había comido poco antes, suponemos que para coger fuerzas. Nada más ver a mi abuela la dijo “huy, usted está muy ufana, esto va para largo, me voy a Atocha que tengo unos gemelos”. Mi abuela, hoy apenas un saquito de persona, de 42 kilos, apunto estuvo de cogerla de los pelos y la dijo “che, usted no se va de aquí sin reconocerme”. Las miradas de mi abuela han “medido” a los demás durante toda su vida, incluso ahora, y la comadrona no tuvo otro remedio que envainársela y reconocerla.
El parto estaba tan avanzado que con un par de empujones la niña se “estrelló” a los pies de la cama. Nació muy pequeñita “y con los talones morados”, recuerda mi abuela siempre. Unos masajes boca abajo del médico y problema solucionado, ¡Qué fáciles eran antes los remedios!

Los 60, 1972

Esa medallita, como la llamaba mi abuela, fue su ojito derecho siempre. La más pequeña, la más flaquita, la que tenía que calzarse en las mejores zapaterías de Madrid por lo delicado de sus pies, la más respondona y la más rebelde. La que se fue a enamorar del “chulo del barrio”, del malote… De mi padre. La que cada día de adolescente y de joven se encerraba en el baño con mi abuela durante horas para hablar de sus cosas, “para confesarse” según decía mi abuelo.

1978

La que necesitando más a sus padres, se fue a vivir más lejos, hasta para eso era rebelde. A un sitio donde no había aún agua corriente y casi ni alcantarillado. A un sitio donde las mujeres bajaban en bata a comprar el pan lo cual, viniendo del barrio Argüelles, hace que se te caiga el mundo encima. ¿Dios mío, dónde me he metido?
La flaquita, la que primero cogió un cigarro delante de su padre, la que dejó todo por amor y luchó con uñas y dientes para sacarlo a flote seguro que se sintió muy sola. Pero ni quiso preocupar a su madre ni hizo que su hija se resintiera de la situación.

1980

Nunca me he sentido sola, al contrario, siempre hemos estado juntas, siempre he tenido en ella a alguien que me ha escuchado, me ha apoyado y ha hecho como que se creía mis mentiras, incluso las relacionadas con los primeros chicos. De esa forma tan sabia ha conseguido saberlo siempre todo, aparentando que no sabía nada.
Fue la flaquita la que tiró del carro siempre, la que llevó a sus padres a vivir a su casa, casi sin espacio, cuando su padre desahuciado por los médicos necesitaba un entorno cercano y cariñoso donde morir. Incluso esa experiencia supo inculcármela mi madre de manera positiva. Nunca he tenido ningún trauma con la muerte, ni lo tendré nunca. Mi abuelo murió en su cama, en la habitación junto a la mía y me despedí de él con un beso. ¿Cómo podría esa experiencia guardarse como algo negativo?

1990

La pequeña que dio tantos quebraderos de cabeza a mi abuela de niña y adolescente, supo compensárselo a su madre con creces. Mi abuela llevó mi infancia y mi adolescencia lo mejor que pudo (yo tampoco era fácil) y cuando llegó la hora de cerrar filas mi madre cuidó de mi abuela como una fiera. Consagró sus días y sus noches a que mi abuela estuviera bien, desde zapatillas nuevas y cómodas, hasta hilos para que cosiera y, ya más tarde, desde medicinas hasta pañales. Puede decirse que las tornas se cambiaron y mi madre cuidó de la suya como si fuera su bebe. Y todo esto sin dejar su trabajo de ocho horas limpiando un laboratorio con cada vez más metros que limpiar y menos energía para hacerlo.
He tenido la inmensa suerte de convivir con dos mujeres maravillosas, y de armas tomar, durante toda mi vida. Se que no han descubierto la penicilina, ni son abanderadas de ninguna fundación, pero en el día a día me han enseñado los valores en los que creo y la fortaleza a la que me agarro cuando todo falla.
Todo el mundo debería tener la oportunidad de vivir algo así y la madurez suficiente como para exprimir la experiencia.

2011

Durante el último año mi madre ha vuelto a demostrar su fortaleza enfrentándose a una situación que nadie querría vivir, y lo ha hecho sin perder la sonrisa, sin dejar de reír ni un solo día. Esa risa que cualquiera que conozca a mi madre sabe que es tan peculiar y tan característica de su persona. Afortunadamente, aquel chuleta que tantos quebraderos de cabeza la dio de novios y de recién casados por otros motivos, se recupera positivamente tras una operación y una quimioterapia que casi barren del mapa sus ganas de vivir.
Sé que mi madre cierra filas conmigo sin ninguna duda y sin vacilar lo más mínimo, soy el centro de su vida pero siempre sin dejar de lado el resto de cosas que la componen. Poder decir que hay alguien en el mundo que daría la vida por ti sin dudarlo, que se dejaría matar por ti, es algo que, por su alcance, no puedo evitar que me erice la piel y me haga sentir un intenso calor por dentro.
Esa fortaleza es gran parte de lo que me sostiene cada día, sobretodo en esta época de mi vida, en la que muchos días levantarse cada mañana cuesta un mundo y acostarse se convierte en un infierno.

Muchas felicidades mamá, gracias por absolutamente todo lo que me has dado y por todo lo que me has enseñado, pero, sobretodo, por dejar que me mire en ti y te tome como ejemplo de cómo quiero ser.
Siempre a mi lado, siempre.

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3 responses

23 11 2011
danygirl

Madre mía tía, que emotivo, yo soy incapaz de decir esas cosas de mi madre… aunque también es verdad que yo no las siento.

2 12 2011
Rubén

Maravilloso. Y lo peor es que, a estas alturas, me has hecho llorar.

Qué bonito cariño.

Un beso.

21 12 2011
Belén Barroso

De casualidad he llegado aquí. Y he llorado. Precioso relato y preciosas tus palabras. Yo, siento lo mismo por mi madre y aunque pueda discutir la amo. Yo desde hace tan solo dos meses que soy madre y ojalá mañana mi hija sea como tu y me quiera la mitad de lo que tu quieres a tu madre.
Enhorabuena, es el mejor relato que he leído jamás.

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