Relatos VI

25 02 2011

Cada tarde, al salir de trabajar, ella puede escoger entre dos caminos.

El primero de ellos es más rápido, por una calle ancha y transitada. Tiene escaparates, gente conocida, tiendas para poder hacer recados de última hora… Es el camino más lógico.

El segundo camino atraviesa un parque. Un parque sin muchos árboles. Con apenas media docena de bancos para sentarse. No tiene columpios para niños, ni lago, ni fuente… Tomar este camino la supone llegar siempre mucho más tarde a casa, casi a la hora de cenar, pero no importa, en este segundo camino lo encuentra a él.

Él está siempre sentado en el primer banco del margen izquierdo del camino que atraviesa el parque. Debe tener unos 70 años y, según él, la edad no le ha afectado en nada a su visión del mundo y de la vida. Esta visión a ella la parece muy particular, quizá demasiado, pero disfruta escuchándole.

Cuando toma ese camino ella sabe que escuchará muchas cosas… Historias con moraleja, con enseñanzas sobre la vida; unas agradables, otras no tanto… pero sobretodo sabe que la mayoría de ellas son mentira. ¿Por qué lo sabe? Porque lo siente así. Pero hay pocas cosas que llenen tanto el corazón como dejarse engañar, consciente y racionalmente.

Los saludos son siempre los mismos, él la pregunta si todo va bien, ella contesta que sí… Y él empieza a hablar, a contarla anécdotas, historias, batallas del pasado… Y sentimientos, anhelos, opiniones… Ella se pierde en sus ojos, en sus manos, en sus gestos, en su manera de ver el mundo. A veces tan sabio y a veces tan equivocado. A medida que avanzan las conversaciones les une una energía que ninguno acertaría a explicar. Empieza a flotar algo en el ambiente que les envuelve y les arropa como si llevaran años siendo amigos, como si se conocieran de toda la vida. Esto les produce una agradable y cálida sensación, se sienten comprendidos, queridos… por otro ser humano, solo ellos dos saben lo que significa esto.

Ese ambiente solo lo respiran durante las charlas en el parque. Fuera de esos momentos, ella analiza todo lo que él le ha dicho, lo que le ha contado… y sabe que es mentira. Nada es verdad… él no ha llevado la vida que la dice, ni vivido lo que cuenta con orgullo, ni siente lo que muchas veces hace que a ella se la salten las lágrimas, o provoca que se vaya a casa con una sonrisa. Ella es feliz creyendo sus mentiras y él es feliz contándoselas.

Los dos son conscientes que llegará un momento en que esa extraña comunicación se interrumpirá. Ese día en que él no se sentará más en ese banco, o ese día en que ella decidirá marchar siempre por el camino rápido. En ese momento los dos se añorarán, echarán de menos las charlas juntos… ella escuchar y él ser escuchado… Pero lo comprenderán y lo aceptarán, porque saben que ninguna mentira puede mantenerse eternamente, por mucho que les caliente el corazón.

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